MI VIDA SON ELLOS

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A lo largo de mi vida he tenido la suerte de poder crecer en el ámbito salesiano, y digo suerte, porque creo que soy como soy gracias a los valores de los que me he rodeado siempre. Desde pequeña he crecido en un Centro Juvenil, concretamente el de Naranjoven, dando cada paso junto a personas que entregaban su tiempo para estar conmigo y otros niños, al igual que Don Bosco hacía con sus chicos. He asistido cada fin de semana a las actividades que se preparaban; a las eucaristías, donde hoy en día sigo compartiendo mi fe con muchas personas; y también he estado en numerosos campamentos donde de verdad comprendí que existe una segunda familia que no es de sangre.

Hace tres años me convertí en animadora, lo que es más conocido como monitora; y hasta ahora he entregado mi tiempo allí caminando de la mano de Don Bosco, como mis animadores hicieron conmigo, y viendo crecer a chavales acompañándoles en su camino de fe y en sus vidas.

Ahora soy salesiana, animadora y educadora. Este año me ofrecieron la oportunidad de entregar mi vida a los demás de una manera mucho más completa de la que lo hacía hasta ahora, ayudando académicamente y en el ámbito social a niños que me necesitan, y cada vez me doy más cuenta de esto último. Fue muy fácil integrarme en el equipo, porque desde el principio todos me recibieron con los brazos abiertos y haciéndome sentir una más.

Cada martes, miércoles y jueves, salgo de clase lo más rápido que puedo para hacer un trayecto de más de una hora y llegar a Naranjoven. Me levanto a las seis de la mañana todos los días, por lo cual es fácil entender que llego bastante agotada. Pero cuando dan las cinco de la tarde y veo a mis chicos entrar, no me sale otra cosa que no sea una sonrisa.

Lo primero que recibo de ellos cada vez que me ven, es el abrazo más sincero que puedan dar y un “¡Hola Marina!” con la energía que solo desprende el cariño que guardan dentro. Y aunque cada día es un reto, aunque tenga que mandar callar tropecientas veces, aunque no me hagan caso hasta que repito las cosas por decimoctava vez, aunque se enfaden cuando les mando hacer resúmenes o cuando me quedo con ellos en el recreo para intentar aprobar el examen del día siguiente en vez de jugar, os juro que llego a casa agradecida de haber pasado un día más con ellos. Agradezco cada protesta, cada risa, cada “perdón” cuando reconocen que lo han hecho mal, cada minuto que han aprovechado para intentar mejorar y el mero hecho de que han venido a compartir un día más conmigo y el resto de sus compañeros.

Me llena la vida ver cómo me piden que les llene de amor y cariño, con gestos tan sencillos como querer jugar conmigo al futbolín y hacer hasta cola para ello (cosa que no entiendo, porque se me da fatal); o cuando me regalan dibujos o algo de merendar sin yo pedirles absolutamente nada. Pero, que aparte de todo eso, te lleguen y te digan “eres una de las personas más importantes de mi vida”, eso sí que tiene un valor incalculable.

Me paso cada jueves esperando a que vuelva a ser martes para verles otra vez, para tener mil cosas que agradecer nuevamente. Cada día con ellos es una aventura, y yo solo digo que ojalá pueda seguir viviendo millones de aventuras a lo largo de mi vida.

No cualquiera puede decir que tiene ganas de ir a trabajar o que le gusta su trabajo. Yo tengo la suerte de poder decir, no solo que me gusta mi trabajo, sino que he encontrado mi vocación, que tengo ganas de entregar mi tiempo y mi vida, y que ¡ME ENCANTA!

Marina

Marina- Educadora de Naranjoven (Fuenlabrada)